NS 58. El purgatorio

Para comprender esta doctrina es necesario darse cuenta de lo que causa todo pecado en nosotros.

Debilita nuestra amistad con Dios. Y dependiendo de la gravedad del pecado puede romper completamente esa relación de amistad que debe tener un hijo con su Padre.

Dios siempre está dispuesto a restablecer y aumentar su amistad con nosotros, pero tenemos que aborrecer el pecado. Dios con la misma intensidad con que nos ama también aborrece nuestros pecados. 

La intensidad de nuestro amor a Dios también la demostramos con la intensidad con que nos arrepentimos de nuestros pecados que debe tener dos cualidades. 

Sentir pesar porque hemos ofendido a Dios de quien hemos recibido absolutamente todo lo que somos y tenemos. La otra condición es hacer un propósito de corregirnos.

Si la muerte nos sorprende en esa situación de enemistad con Dios quedamos separados de Dios por toda la eternidad.

¿Pero qué pasa cuando el pecado enfría ese amistad con Dios pero no la rompe? 

Dice la Iglesia en el Número 1030 del Catecismos:

“Todo aquel que muera en gracia de Dios, pero sin estar perfectamente purificado, efectivamente tiene garantía de su salvación eterna; pero luego de la muerte deben someterse a una purificación, de manera que alcancen la santidad necesaria para entrar en el gozo del cielo” 

A ese estado de purificación le llamamos Purgatorio.

Pero esto tiene un fundamento en algunos textos de la Biblia 

El texto más explicito es del Antiguo Testamento: (2 Ma. 12, 39-46)

“…e hicieron rogativas para pedir que el pecado cometido quedara borrado por completo.

Por su parte, el noble Judas …recogió dos mil dracmas de plata en una colecta y los envió a Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación ….Por eso hizo una expiación por los caídos para que fuesen liberados de sus pecados” 

Este texto nos dice que los fieles del pueblo de Dios del Antiguo Testamento tenían la piadosa costumbre de ofrecer sacrificios expiatorios, tanto por los vivos, como por los difuntos para alcanzar el perdón de los pecados.

Eso es lo que siguió haciendo la comunidad cristiana como reflejan ciertos textos del Nuevo Testamento, Ap. 21, 27.

“No entrará en ella nada impuro, ni depravados ni mentirosos, sólo entrarán los inscritos en el libro de la vida del Cordero” .

Admitido este principio se impone la idea del Purgatorio, porque, sin estar el hombre radicalmente separado de Dios, como sería el estado de pecado mortal, no tiene plena comunión con ÉL por falta de una completa satisfacción por sus pecados.

Dice San Pablo, (1Cr. 3, 11-15)

“Que cada uno se fije como construye. Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto que es Jesucristo. Sobre este cimiento uno coloca oro, otro plata, piedras preciosas, madera, hierba, paja. Las obras de cada uno se verá claramente en el día del juicio porque ese día vendrá el fuego, y el fuego probará la calidad de las obras de cada uno.

Si las obras que construyó resisten, recibirá su salario. Si las obras se queman, será castigado, aunque se salvará como quien escapa del fuego.” 

San Pablo afirma que nuestras obras serán sometidas al prueba del fuego purificador para limpiarlas de aquellas cosas que no están totalmente de acuerdo con la santidad de Dios.

No todo lo que realizamos en esta vida es de la misma calidad. Hay una escala de bondad que va desde el oro a la paja, según el Apóstol. Y como el que da mérito a lo que hacemos es el amor a Dios con que las hacemos, esto supone que cada persona orienta su vida hacia Dios con distinta intensidad de amor. 

El Purgatorio purifica nuestro amor para tender hacia Dios con la mayor intensidad posible a cada uno. 

Toda purificación es dolorosa, tanto en esta vida como en la otra, pues es desprendernos de algo que está íntimamente unido a nuestra persona.

Hay un texto en San Mateo que indica esta purificación de ciertos pecados después de la muerte. Es cuando habla del pecado contra el Espíritu Santo.

Dice:
“Quien diga algo contra el hijo del Hombre se le puede perdonar; a quien diga contra el Espíritu Santo, (que no se arrepiente de sus pecados), no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra” (Mt.12, 32)

Además el orar por los difuntos es un acto de agradecimiento y de amor hacia nuestro antepasados difuntos como lo dice el libro del Eclesiástico (7,37):

“Agradece el beneficio ante todo, y al muerto no le niegues tus piedades”.

Porque existe el Purgatorio, es una obra santa y piadosa orar por los muertos, como nos dice la Biblia en los textos citados.