NS 41. ¿Para qué Dios me habrá creado?

Es una pregunta que muchos nunca se han hecho, porque viven sin más metas que satisfacer todas las exigencias de su cuerpo, como si no tuvieran alma espiritual.

Otras personas se hacen esa pregunta cuando los acontecimientos de su vida cambian el dulce sueño de felicidad en amargura.

En este caso es un grito de desesperación al constatar “que los sueños, sueños son”.

 Hay otras que recuerdan lo que le enseñaron cuando niños: “que Dios nos ha creado para servirlo y amarlo en esta vida y después ser felices con Él por toda la eternidad”.

Hay muchos cristianos que siguen toda la vida con esa fe de niño, pero esa fe de niños no es suficiente para enfrentarse con los problemas de la vida de adultos.

Y ¿qué decir de aquellos que se creen cristianos y ni han conservado la fe de niños? 

El Apóstol Santiago termina su carta con una frase que, desde mi punto de vista, contesta muy bien la pregunta ¿para qué Dios me ha creado?

 Habla para aquellos bautizados que han logrado desarrollar su fe de niños hasta llegar a tener una fe de adultos.

Veamos el texto del Apóstol Santiago:

“Hermanos míos, si uno de ustedes se aparta de la verdad y otro lo endereza, el que convierte al pecador del mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de una multitud de pecados.” (St. 5, 19-20)

Dios nos ha creado para la vida eterna, el cielo, pero también para que seamos “sacramentos” de salvación para los demás.

Según este texto nuestra salvación personal depende de que cumplamos con esta segunda finalidad. Dejar que Dios nos use como instrumentos de salvación de los demás.

Esto lo logramos si tomamos en serio la práctica de las obras de misericordia, porque son una como síntesis del Evangelio. 

Mencionamos mucho las obras de misericordia CORPORALES, pero no podemos olvidarnos de las obras de misericordia ESPIRITUALES porque es imposible llegar a tener una fe de adultos, sin la práctica diaria de las obras de misericordia espirituales.

Cristo dijo en cierta ocasión a los fariseos algo que expresa muy bien lo que yo quiero decir:

“Conviene hacer aquello, pero no omitir esto” que en este caso nos diría a nosotros:

Hay que practicar las obras de misericordia corporales, para remediar las necesidades los males de esta vida, pero esto también lo hacen muchos que no profesan la fe cristiana.

Las espirituales miran a la salvación Eterna.

Nuestra sociedad cree que la felicidad del ser humano es que tenga solucionado los problemas temporales, vaciándolo de todos los auténticos valores humanos, morales y religiosos, perdiendo así el sentido de transcendencia hacia Dios que es nuestra fuente de felicidad.

La misión de los cristianos es inyectar los valores del Evangelio en esta sociedad que cada día está más angustiada por el mal que nosotros mismos nos causamos por querer vivir de espaldas a Dios.

Un  manual práctico para lograrlo es cumplir con las obras de misericordia ESPIRITUALES, SIN OLVIDARNOS DE LAS CORPORALES, PERO PRACTICADAS CON VERDADERO ESPIRITU CRISTIANO.

Para los que no recuerden las obras de misericordia ESPIRITUALES, son estas:

1. Enseñar al que no sabe

2. Dar buen consejo al que lo necesita

3. Corregir al que está en error

4. Perdonar las injurias

5. Consolar al triste

6. Sufrir con paciencia los defectosde los demás

7. Rogar a Dios por vivos y difuntos.

Para que Dios nos pueda utilizar como sacramento de salvación, es indispensable practicar las obras espirituales de misericordia. Pienso dedicar algunas reflexiones próximamente, para aclarar un poco más el contenido del texto de Santiago completándolo con lo que dice San Pedro, (Pe. 4, 8-12), que trata el mismo tema.