3. El Misterio de la Misericordia de Dios

¿Piensas librarte del juicio de Dios?

¿O desprecias su tesoro de bondad, su paciencia y aguante, olvidando que su bondad quiere conducirnos al arrepentimiento?

Con tu cerrazón de mente y tu corazón impenitente estás juntando castigo para el día del castigo, cuando se pronuncie la justa sentencia de Dios, que pagará a cada uno según sus obras.

Él dará vida eterna a los que, perseverando en las buenas obras, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad.

En cambio, castigará con la ira y la violencia a los que por egoísmo desobedecen a la verdad y obedecen a la injusticia.” (Rom.2, 3b -8)

Siempre que intentamos entender la manera de actuar Dios nos movemos en el Misterio, como enseña San Pablo en Romanos: (11, 33-36)

“¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y prudencia de Dios! ¡Qué insondables sus designios, qué misteriosos sus caminos!…

Dios ilumina la mente del ser humano con el don de su Palabra y con el don la Fe, pero no llega para que comprendamos sus misterios, sino para que los creamos.

Estos textos de San Pablo nos dicen algo que nunca aprendemos. Que nuestra razón es incapaz de comprender los misterios de Dios, aun aquellos que el mismo Dios nos ha revelado. 

Nuestra razón, iluminada por la Fe, admite su existencia, pero nunca vamos a comprenderlos, pero, además, siempre tenemos riesgo de interpretarlos mal.

Desde mi punto de vista, es lo que está pasando con “El Misterio de la Misericordia de Dios”. 

Parece que algunos ven la Misericordia de Dios como una licencia para pecar y parecen olvidar que Dios también aborrece el mal, aborrece el pecado.

En el Salmo 50 dice que “Un corazón contrito y humillado, Dios no lo rechaza”. Y los corazones que no tienen esta característica, ¿los aceptará? 

San Pablo habla de personas de “cerrazón de mente” (mente obstinada) y de “corazón impenitente” y parece indicar que los rechaza. 

Basándome en los textos que encabezan esta reflexión, entiendo la Misericordia de Dios como una prórroga de tiempo PARA QUE ME CONVIERTA. 

Por eso creo, que, aunque la misericordia de Dios es eterna, nadie sabe cuánto tiempo tengo de prórroga para convertirme… 

No pospongamos, pues, nuestra conversión.

“SI HOY ESCUCHAN LA VOZ DEL SEÑOR, NO ENDUREZCAN SUS CORAZONES”. ¡Mañana puede ser tarde!