Vivir sin la paz es un tormento

Edtorial Vida Nueva
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Con la celebración de la Eucaristía en el Cenáculo, un lugar emblemático para los cristianos, aunque la propiedad es de Israel, el papa Francisco concluía su visita de tres días a Tierra Santa.

Y allí en aquel espacio que hace años el Vaticano trabaja por recuperar, conjugando la memoria y el futuro, el Papa dio un mensaje claro que, de alguna forma, podría resumir este viaje:


 El Cenáculo nos recuerda la comunión, la fraternidad, la armonía, la paz entre nosotros. ¡Cuánto amor, cuánto bien ha brotado del Cenáculo! ¡Cuánta caridad ha salido de aquí, como un río de su fuente, que al principio es un arroyo y después crece y se hace grande…


Con sus palabras y sus gestos, Francisco ha rubricado el programa que viene proponiendo a la Iglesia, primero hacia dentro, después de cara a su misión en el mundo: la comunión, la fraternidad, la armonía y la paz, como un río que avanza y que refresca y fecunda a su paso.

Un viaje que no ha dejado indiferente a nadie y que ha sido seguido con interés por creyentes y no creyentes. Aunque este haya sido el segundo que realiza fuera de Italia, puede ser considerado como el primero, el que marca el ritmo que desea imprimir a estas salidas. El formato de la agenda, marcado personalmente por él, junto a sus colaboradores, entra en el estilo que viene dando a su pontificado.

El viaje a Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud ya estaba programado, y mantuvo las características globales del evento. La ocasión se la ha brindado esta vez una efeméride histórica y significativa: el 50º aniversario de la visita de Pablo VI a Tierra Santa en 1964, durante la celebración del Concilio Vaticano II.

Ahora, el Papa vuelve, como obispo de Roma, para encontrarse con aquellas Iglesias y para confirmar en la fe a sus hermanos, alentándolos en las duras tareas del Evangelio.


 Con sus palabras y gestos, el Papa ha rubricado en Tierra Santa el programa que viene proponiendo a la Iglesia.


Es esta una clave que ha marcado todo su periplo en aquella geografía bíblica, zarandeada por conflictos no resueltos y complejos que tienen en su raíz motivaciones religiosas. Para la tarea de la paz, la Iglesia sigue proponiendo un camino. Lo ha repetido Francisco, como lo hicieron Pablo VI en 1964, Juan Pablo II en 2000 y Benedicto XVI en 2009.

Y en ese camino, la urgencia de la unidad en la Iglesia, con un desafío renovado al trabajo ecuménico serio, a la necesidad del diálogo interreligioso entre el judaísmo, el islam y el cristianismo. Aunque, como se ha visto con claridad en sus discursos, esa paz no solo se logra con palabras y oraciones, sino también con acciones concretas que ayuden a lograrla. Quienes desde allí, o desde otros lugares del planeta, han escuchado al Papa y han seguido su itinerario han quedado satisfechos y esperan que cuajen algunas de las iniciativas propuestas. Francisco no ha defraudado sus expectativas.

En esta visita histórica, el Papa ha hablado al corazón de la Iglesia, invitándola a mirar sus raíces, la sencillez y la hondura del mensaje de Jesús, la lozanía de las primitivas Iglesias cristianas y la necesaria renovación desde la fuente. Y lo ha hecho con palabras cargadas de fuerza y convicción. Una invitación a mirar a la cuna y a la radicalidad del Evangelio ha sido una de las constantes en sus discursos de estos días, pero principalmente en sus homilías.

Una Iglesia que ha de regenerarse desde la experiencia del Resucitado, una experiencia que nació en aquellas tierras que siguen marcando a quienes las visitan.

Quedaba en el recuerdo la figura de san Francisco de Asís y su deseo frustrado de llegar hasta los lugares santos durante su viaje a Oriente. Francisco, que tomó el nombre por el santo de Asís, ha cumplido aquel sueño de paz y comunión del santo cuya vida ayudó a la renovación profunda de la Iglesia desde la pobreza y la sencillez. Resonaban estos días, y en aquellos lugares, unas palabras de Francisco a las pocas horas de su elección, y que recorrieron el mundo de forma impactante: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”.


 Francisco ha reivindicado el papel de la religión para la solución de viejos conflictos


Pero una Iglesia que no puede seguir dividida. El abrazo ecuménico de Pablo VI y Atenágoras ha sido renovado en los distintos encuentros de Francisco con las responsables de las Iglesias orientales. El compromiso ecuménico sigue en la misma línea de sus antecesores. Como también el compromiso por el diálogo interreligioso.

El gesto e invitar en el séquito a dos viejos amigos argentinos, el rabino Abraham Skorka y el profesor musulmán Omar Abboud, se ha entendido como una necesidad de abrir ese diálogo entre las tres religiones desde una mirada menos europea, más global y desde otras dimensiones. Un cambio de estrategia.

Pero había algo que se esperaba de este viaje de forma especial: la propuesta de fe y de trascendencia en una geografía en la que fracasaron otras propuestas de organismos internacionales como la ONU. Tanto en Jordania como en Palestina o Israel, el Papa ha reivindicado, como se esperaba, el papel de la religión en estas culturas y su tarea iluminadora para la solución de viejos conflictos.

Una luz que ayude a la mutua comprensión, a erradicar el dolor y el sufrimiento ocasionado de un lado y de otro, y que abra horizontes de futuro. Y, como iniciativa, una sorpresa, un gesto, un compromiso: la invitación al presidente palestino, Abu Mazen, y al presidente de Israel, Simon Peres, para reunirse en el Vaticano e invocar a Dios el don de la paz que todos los pueblos que viven en esta región anhelan.

“Todos los que estamos al servicio de los pueblos tenemos el deber de intentar todo lo posible para conseguir la paz. Construir la paz es difícil, pero vivir sin ella es un tormento”. Palabras rotundas cargadas de esperanza.

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