El Vaticano y la ONU liman asperezas

EDITORIAL VIDA NUEVA

Publicado el 16.05.2014

La lucha no es contra la ONU, sino contra un sistema que genera la ‘cultura del descarte’.

No es ningún secreto que, en los últimos tiempos, la ONU y el Vaticano se han estado mirando de reojo. Los mensajes en favor de la paz, de la justicia, de la igualdad, de la inviolabilidad de la vida humana en todas sus etapas y en cualquiera de sus situaciones han caído en no pocas ocasiones como cargas de profundidad en el seno del organismo internacional. A nadie escapa que esta institución –que si no existiera habría que inventarla– vive maniatada por sus propias reglas, con su juego de vetos, presiones y financiaciones que no pocas veces convierte en meros fuegos de artificio la indignación mundial ante guerras y abusos de autoridad.

Y entre esos abusos, los de índole sexual, analizados en comités dependientes de Naciones Unidas, han llevado al Vaticano a ser objeto de duras acusaciones de mirar a otro lado y de no entregar a los sacerdotes pederastas. En las últimas semanas hemos visto la inusitada dureza de algunos de estos informes, que han tratado de echar tierra encima del camino que la Santa Sede ha tomado con respecto a esta lacra, y de cuya determinación, precisamente, acaba de dar cuenta con cifras. El papa Francisco sigue en esto la senda marcada por Benedicto XVI, y es la del no retorno a la impunidad.

Pero que nadie piense que la línea de inequívoca defensa de la dignidad humana realizada por el Vaticano responde a la máxima de que la mejor defensa es un buen ataque. Esto puede valer para los que viven intoxicados por un exceso de ideología o prejuicios, pero no resiste el más mínimo análisis riguroso. Bastaría simplemente con revisar los discursos de los papas que, desde Pablo VI, han sido invitados a intervenir ante el plenario de Naciones Unidas en su sede. Y en esos discursos la apuesta por la fraternidad en el mundo ha sido una constante. Una fraternidad que no puede tolerar que el bienestar de unos hermanos se fundamente sobre el malestar, la pobreza y el abandono de otros hermanos. Esta línea siempre ha sido clara, pero ahora Francisco, como señala en este número de Vida Nueva uno de sus colaboradores más cercanos, el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, ha hecho de la tradicional opción preferencial por los pobres algo prioritario. Lo dice con gestos y con palabras. Lo pone por escrito en su exhortación programática, esa que le ha valido “críticas despiadadas” en países capitalistas, como reconoce el purpurado hondureño, y cuyas declaraciones sirven también para comprobar la profunda conjunción de miras que comparte con el Papa.

Así pues, la lucha no es contra la ONU o sus dirigentes ni responde a agravios.  La lucha –o mejor, esa “movilización ética mundial” a la que invitó Francisco al propio secretario general Ban Ki-Moon– es contra un sistema que genera la actual “cultura del descarte”, una “economía de exclusión”. El Papa ha reconocido las buenas intenciones –los Objetivos del Milenio lo fueron, aunque ya se ha visto que la pobreza no se reducirá en 2015…–, pero, como les dijo en su discurso durante la audiencia que mantuvo con los representantes de la ONU, “los pueblos merecen y esperan frutos aún mayores”.

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